Crónicas de lo que sucede alrededor nuestro y eventualmente de lo que sucede en mi interior.

El 31 se me acabó otro año. No es que fuese mío, tampoco que lo hubiese querido como un hijo. Mentiría si dijese que fue un año extraordinario y pecaría de pesimista si lo acusara de haber tenido más sombras que luces. Lo que sucede es que a una vida desequilibrada le cuesta aceptar la tibieza de un año que no te jode ni te entusiasma; tan solo te deja luego de haberte dado la oportunidad de recorrerlo sin sobresaltos.
Es la normalidad un estado administrativo y cansino de la felicidad? Porque debemos preferir la alternancia entre el esplendor de la gloria y una tristeza sin límites a un término medio donde nadie llega, ninguno se va, todos seguimos casi iguales y las cosas graves y malas pasan hasta rozándonos pero nunca nos llegan a tocar? Acaso es la normalidad un sabático de la vida que disfrutamos sin aviso de por medio y que casi nadie llega a disfrutar en su real dimensión?
Pensaba en todo esto mientras apuraba unos largos sorbos de vino esperando las 12. No quería reventar cohetes, no me moría por bailar, mi apetito estaba bastante mesurado y mi ánimo no andaba exultante. Observaba a los demás hablar del año por venir, de la crisis financiera, de las hazañas de sus hijos o de cualquier otro tema intrascendente. Todos hablaban de todo pero nadie quería conversar de nada, esa era la foto del instante.
Poco a poco fui reconociendo que los otros estaban imbuidos del mismo espíritu de normalidad del que esto escribe. Nadie rompía lanzas para armar la juerga, ninguno tomaba un trago demás, no recuerdo tampoco que alguien se preocupase en mover sillas o mesas en la terraza para bailar cuando los ánimos se encendiesen. Pensándolo bien debí dudar de mi pertinencia a una reunión demasiado normal cuando la única música bailable fue traída por una persona a la que nunca había visto bailar en mi vida. Bueno, sigo sin haberla visto pues puso su “Super CD de Cumbias” y se sentó en la mesa a aplaudir cual boy scout subnormal.
Recordaba las celebraciones interminables de otros años. Algunas eran más bien bacanales con todas las de la ley, horas donde los excesos eran la norma y el cuerpo no solamente aguantaba todo sino pedía más. Y regresaba sigilosamente hacia mí en esta víspera interminable la endecha tanguera que habla sobre la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser. Veía a mis hijos saltar emocionados al ver reventar sus artificios y recordaba las ratas blancas y silbadores que reventábamos despiadadamente al interior de la casa de unas viejas antipáticas en Magdalena Beach (con las viejas adentro, claro esta). Apuraba una copa de extraordinario tinto y recordaba las guindas huachanas, strongest de colores, singapures y decenas de licores dudosos y contundentes que tomaba apuradamente cuando emborracharse rápido era más importante que saborear y escanciar un buen licor. Y en la cara de mi esposa –como en el poema de Benedetti – ví la cara de todas las mujeres que he conocido en algun momento de mi vida. Amigas, enamoradas, novias, ex - esposa, agarrres, eventuales, rebotes olvidables y polvos inolvidables; juro que las ví a todas con su mejor sonrisa y la expresión que sabían reservarme para esos momentos inasibles donde dos personas saben ser felices a la vez.
No era una retrospectiva de moribundo, era más bien un racconto optimista de momentos, lugares, personas y emociones. Era también la constatación del tipo de persona que vas dejando de ser y la diplomática bienvenida que le das a tu nuevo status de agua calma. Porque no es que pierdas de una noche para otra la capacidad de sacar las garras ni las ansias de sentir una emoción que no sea la casera. Es el saberte más lerdo y torpe para la reacción rápida y el trajín incansable y a partir de eso convertirte en un eficiente administrador de tus preciados y escasos recursos.
Por eso, cuando soy preguntado acerca de mis experiencias de vida o por alguna recomendación con base a mi kilometraje vuelvo a ser primario y bastante básico al fin y al cabo: diviértanse cuanto puedan y vivan la juventud al límite. No se guarden nada a la hora de amar ni de expresar sentimientos. Conozcan todo, prueben más y viajen mucho. Y cualesquiera que sea el rumbo que decidan tomar háganlo con pasión pues esta, como decía Constantino Carvallo, es lo único que al final nos va a salvar.
Y yo le creo a pie juntillas al finadito Constantino, el recuerdo de los años vividos apasionadamente me salvó la noche del 31. Era en apariencia un cuarentón burócrata más del grupo pero con el fuego interno siempre presente. Asi que ya saben, no me tienten que siempre iré al choque.
Los dejo con una extraordinaria canción de la Bersuit. Disfrútenla.
No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida: yo soy el guardián del hielo.
Adonde se fueron las mariposas que alguna vez también había sentido en el estómago? Debajo de que alfombra barrieron a las ansías, los deseos, la impaciencia y el desasosiego que me provocaba no estar a tu lado? Deben ser los mismos geniecillos que me apagaron tu lumbre para no dejarme encender otra y que han sustituido la inmensa alegría que nos invadía estando juntos por aquel burocrático confort que le despierta a uno el dormir acompañado.
Los peruanos tenemos una larga tradición de “cagonería”. Y que significa eso? Fácil de explicar, ser cagón pues, arrugar, quitar el cuerpo, zafarle el bulto a la responsabilidad, perder algo cuando ya lo teníamos ganado y asegurado. Significa también tenerle miedo a la victoria grande, al objetivo ambicioso y que –Ribeyro dixit- somos presa de aquella eterna tentación del fracaso. Nuestra historia colectiva esta salpicada de hechos paradigmáticos al respecto; el imperio inca estaba dividido cuando llegaron los conquistadores y sus conflictos internos ayudaron a los españoles a conquistarlos sin mucho problema, luego de la independencia nos dedicamos a instaurar récords de brevedad en cuanto a duración de presidentes, el presidente Prado se escabulló de manera poco digna en plena guerra con Chile, Arequipa (discúlpame Patricia, es la historia) se entregó sin disparar un solo tiro en 1883 y asi sucesivamente. Quizá la quintaesencia de esa compleja mazamorra que tenemos los peruanos la entendí en 1975 cuando una mañana, de la mano de mi padre, salimos a ver una marcha que pasaba por
“Ya muchachos, salgan a hacer lo que tienen que hacer”
“Vamos chicos, metiditos, por el objetivo y por las familias”
“Oigan, quiero cobrar ese premio al final del partido porque estoy misio asi que ya saben, hoy tenemos que ganar”
“Vamos a rezar para que el señor nos ilumine y nos enseñe el camino de la victoria”.
Ayer recibí varias noticias que me impulsaron a querer celebrar la vida por todo lo alto. Una buena noticia financiera esperada, algunos proyectos que se van materializando, el nacimiento de mi blogo-sobrina Ivana y esos pequeños detalles caseros que suelen aparecer de golpe en un solo día. Mientras pensaba en la mejor manera de celebrar recibí una mala noticia que me recordó que toda dicha es efímera cuando no esquiva.





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