El Urbanito

Crónicas de lo que sucede alrededor nuestro y eventualmente de lo que sucede en mi interior.




Por un día nomás

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A veces me he preguntado al borde de situaciones límite a las que nuestra realidad te empuja con frecuencia en que otro lugar me hubiera gustado nacer en vez del Perú. Cuando era más joven solía hacer sesudos análisis, sacaba estadísticas, miraba fotos, comparaba geografías, demografías y cocinas y evaluaba al detalle algunas posibilidades que me parecían interesantes. Una de las primeras opciones de nacionalidad alterna siempre fue la suiza. Son ordenados, eficientes, puntuales y los políticos que los gobiernan son gente normal y anónima. Tan inadvertidos pasan que el suizo medio a veces no sabe ni quien lo gobierna. Obviamente luego de la primera estadía en Zürich la opción quedó descartada; no voy a decir que son tal y cual cosa para no generalizar pero con todos sus problemas vivir en Perusalem siempre será más divertido que residir en algun cantón helvético.

De igual forma pensé en escoger a los italianos que visten bien y viven en museos donde se come pizza tutti li giorni, a los suecos pues todos manejaban un velero y cohabitan con mujeres que gustan de andar calatas y aparecer en películas de bajo presupuesto. También entraban con posibilidades los alemanes pues además de tener extraordinarios músicos los taxis son Mercedes Benz y el más muca maneja un BMW o a los holandeses que en vez de electrodomésticos tienen mujeres de mil colores y texturas en las vitrinas. Criterios subjetivos y utilitarios que generaban esperanza pero que se desmoronaban al comprobar lo difícil que puede ser vivir en lugares donde el clima y las relaciones interpersonales no son tan benignas como aquí. Por supuesto que nunca me provocó ser norteamericano, argentino , español o francés, mis lastres políticos e históricos tenían un evidente peso al momento de escoger mi patria adoptiva, que duda cabe.

Finalmente caí en cuenta que este era un país peligroso pero hermoso, desigual y solidario, de pobreza lacerante y oportunidades desaprovechadas. Un territorio agreste, ubérrimo, colorido, de gentes desconcertadas como alguien apuntó pero esencialmente mío (y de todos…y de nadie a la vez). Di por culminados mis intentos de cambio de domicilio y asumí mi “perguanidad” militante y gozosamente.

Y me dediqué a viajar orgullosísimo con mi pasaporte verde (y luego los guindas) por infinidad de sitios y sin tratar de cambiarlo por ningun otro. Sacaba trabajosamente mis visas al inicio prometiendo y jurando que de todas maneras regresaba a este país y confesaba al ser auscultado por perros oletones en algun aeropuerto foráneo que si, que yo venía del Perú y que mi viaje tenía un propósito lícito. Veía a ciudadanos del primer mundo pasar sin problemas las aduanas y desde mi subdesarrollada e interminable cola los observaba sin envidia al lado de hindúes, africanos, árabes e infinidad de sudacas. En todos los aeropuertos encontraba indefectiblemente a mi variopinta y desconcertada familia Benetton la cual se desmembraba sin despedida alguna al traspasar los controles aduaneros.

Me imagino que al igual que mi confusa afirmación de identidad todos tenemos un propio y personalísimo concepto de peruanidad. Sobretodo en estos tiempos en los que “lo peruano” ya no apesta, esta de moda y es hasta imaginativo y bien visto decir que “yo amo al Perú”. Hemos aprendido por fin a valorar nuestro territorio y su diversidad en igual medida en la que los visitantes extranjeros lo hacen y aunque manejar exitosamente los conflictos latentes de desigualdad, racismo y exclusión nos va a tomar muchos años y esfuerzos comenzamos a otear el horizonte con cierto optimismo luego de tantos años de crisis. El Perú por fin-vaya ironía- dejará de ser un burdel y comenzará a ser un sitio de puta madre.

Hacía todo este prolegómeno a raíz de un súbito ataque de extranjerismo que me sobrevino esta tarde. Las dos últimas semanas han sido complicadas, con buenas y malas noticias, con ganancias, pérdidas, celebraciones, resacas, cumpleaños y más dolores de cabeza. El clima tampoco ha ayudado mucho. Yo que me considero un entusiasta del invierno y siempre pondero las lluviecitas, los días oscuros y el andar abrigado extraño de sobre manera algunos rayos de sol y el buen ánimo que parece haberse escapado para siempre de mis friolentos coetáneos y del que esto escribe. Hasta el buen sexo parece haberse ido de vacaciones, las medias gruesas, los buzos de polar y la piel de gallina al contacto con el aire frio son un verdadero antídoto contra la lujuria. Las estufas pueden ayudar a subir la temperatura del ambiente pero hacen poco para llegar a calentar ánimos bajetones.

Por todo esto decidí que tengo que ser brasileño por un día. Para recuperar mi alegría y transmitírsela a los que parecen haberla perdido encontrando un motivo imaginario para saltar, bailar y pensar que todo este ambiente húmedo y gris es solo una broma de mal gusto.

Porque en tardes como esta ser peruano puede ser jodidamente triste. Y ser brasileño maravillosamente increíble.


Los guadañazos

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Pasatiempo/Mario Benedetti

Cuando éramos niños
los viejos tenían como treinta
un charco era un océano
la muerte lisa y llana
no existía.

Cuando tenía 8 años me llevaron a un campamento familiar. Mi reticencia a formar parte de rebaños desde pequeño me hizo entrar en trompo a las horas de haber llegado y el tema se agravó cuando le hice llegar el mensaje a mis padres que me recojan porque tenía algo urgente que decirles. Cuando el viejo llegó a recogerme no me preguntó nada y ya en el camino de vuelta a casa le solté la pregunta que nos atormenta durante cierta etapa de la niñez:” Que va a pasar cuando te mueras papá?”. El viejo entendió de inmediato la situación y me dijo con toda tranquilidad que todos nos tenemos que morir en algun momento pero que todavía faltaba mucho para eso. Esa semana que estuve sin hermanos en la casa fui absolutamente feliz; la casa, la disputada tele y mis viejos fueron exclusivamente mios .Nadie me los quitó ni me obligo a compartirlos.

Luego cuando muchachos
los viejos eran gente de cuarenta
un estanque un océano
la muerte solamente
una palabra.

La parca se volvió a presentar durante la infanto-adolescencia en múltiples formas. Un atropellado en la Av.Brasil despertó el morbo de toda la collera por ver (para casi todos por primera vez) un cadáver expuesto y sangrante. A esta escena perturbadora le siguieron varios velorios de personas mayores y sobre todo la trágica muerte de un amigo que se estrelló en su bicimoto. Más allá de las nociones familiares la calle se encargaba de aleccionarnos ejemplarmente sobre nuestra condición de mortalidad. Aunque el esplendor de la adolescencia nos hizo olvidar rápido esas lecciones tan pronto asumimos que la muerte no nos podía acaecer a nosotros en medio de tanto disfrute. Más que una simple palabra la muerte era una mala palabra.

Ya cuando nos casamos
los ancianos estaban en cincuenta
un lago era un océano
la muerte era la muerte
de los otros.

Mi verdadera época de inmortalidad duró entre los 20 y los 35. Tabaco, alcohol, comidas, el cuerpo al límite, coches bomba, una estadía en Ayacucho de varios meses el `89, incontables viajes que acercaron mi mapamundi a lugares tan distantes como Puno y Siberia y no pocas turbulencias marítimas, aéreas y aterrizajes forzosos en todo tipo de transporte. Benedetti dice acertadamente que la muerte no solo era lo que le pasaba a los otros, nosotros en la práctica agregamos irreflexivamente que era lo que nunca nos iba a pasar a nosotros.

Ahora veteranos
ya le dimos alcance a la verdad
el océano es por fin el océano
pero la muerte empieza a ser
la nuestra.

Hace dos semanas que estoy en permanente contacto con los frutos del trabajo de la parca por estos lares (en el mundo esta aún más activa pero no viene al caso analizar ese cambalache). Mi padre tuvo que ser llevado una mañana a emergencia del Hospital Rebagliati y lo fui a buscar en la tarde. Créanme que no hay nada más deprimente que la sala de urgencias del principal hospital del país, la ambientación de la serie ER es el jardin de Bambi comparado con una sala caótica donde los enfermos son prácticamente abandonados a su suerte si no tienen un padrino o una buena vara. Busqué infructuosamente a mi padre y no lo encontraba, me pareció divisarlo y cuando me acerqué ví que no era mi padre sino una persona desconocida. Muy tarde para retroceder, me miró fijamente y con los ojos llorosos me extendió una mano y me dijo que tenía frio, que estaba triste y que nadie se preocupaba de él. Me sentí inútil y no sabía que mierda decirle. Una enfermera se acercó al pie de la cama y revisó la tablilla con la historia clínica del paciente. Le hizo una seña negativa al médico de guardia que se acercaba y se fueron a otro ambiente sin decirle nada a mi anónimo interlocutor. Yo seguía mudo y tomando de la mano a este señor a quien nunca había visto y a quien seguro no vería nunca más. Le dije que no se ponga triste, que ya venían a atenderlo y que en su casa se iban a alegrar si mejoraba y regresaba pronto.

- No tengo casa hijo, aquí por lo menos me van a dar comida caliente.

Me despedí como pude del señor y salí aturdido hacia la calle. Cuando reaccioné ví que en el teléfono tenía 10 llamadas perdidas de mi hermano Juan diciéndome que ya había recogido al viejo pues la urgencia ya estaba controlada. Respiré aliviado pero me quede pensando en que la muerte ya no era una estación inalcanzable sino un destino para el que cada vez iban a faltar menos paraderos.

En los siguientes días el “taxi” estuvo más activo que nunca. El padre de una amiga de la universidad se fue el lunes pasado, el padre de un amigo de N cayó fulminado por un ataque cardíaco en plena cena de cumpleaños y delante de toda la familia hace un par de días y mi abuela que por un pelo casi se va a hacerle compañía al abuelo; creo que de a pocos estamos aprendiendo a coexistir en un mismo ambiente y con la mayor naturalidad con la parca.

Tendré que aceptar entonces (algun día había que hacerlo) que a medida que vamos a más velorios que bautizos hemos empezado a vivir en cierta forma al crédito. Que nunca fuímos inmortales sino más bien afortunados y que morir solo puede ser malo cuando no haz vivido ni amado lo suficiente. Aunque en realidad para morir debemos estar preparados desde el primer día de nuestra existencia el asunto esta en que sobre ese particular siempre nos encantará hacernos los cojudos pues eso de morir –como ya lo dijo alguien famoso-siempre lo dejamos para el ultimo.


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