El Urbanito

Crónicas de lo que sucede alrededor nuestro y eventualmente de lo que sucede en mi interior.




Encuentro cercano entre tres tipos

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Es sábado por la mañana. En pijama, a las 7:45 a.m. me siento en la PC pues se me han ocurrido durante el sueño algunas ideas para postear y quería ponerlas en un post antes que (como casi siempre) se me terminen olvidando).

Esta semana ha habido noticias de todo tipo. Normales y regulares referidas al trabajo, de regulares para arriba en lo personal y una que otra decididamente mala referida a terceras personas relacionadas a este pechito. Empecemos con la peor y más increíble de todas; se acuerdan de Medusa? Bueno, para los que visitan esta peluquería por primera vez entren a este link Los que ya conocen la historia saben que a comienzos de enero la inquieta chalaca de calzón displicente fue dada de baja en la existencia de mi amigo y todos fueron felices y comieron perdices. El se volvió a reencontrar con su familia y amistades, conoció a otras chicas, le fue muy bien en su trabajo afuera y todo parecía encaminarse hacia un período sin sombras y sinsabores.

Lamentablemente nunca hay que cantar victoria ante las deidades mitológicas salvo que seas el mismísimo Júpiter. Y uno es normalito nomás pues, terrícola y mortal peatón que poco puede hacer ante los oscuros y extraños designios de los dioses que en esta oportunidad han decidido resucitar a Medusa. Como dice????. Asi como lo leen, esta semana mi amigo y Medusa parece que se han dado tiempo para hacer un par de “remembers” en algunas discotecas y sitios que solían visitar antes. Lo que es más grave, parece que durante todo este tiempo la venenosa arpía ha simulado jugar al muertito cuando ha estado llorando, implorando perdón y clamando inocencia ante su ex. Ya sé que la culpa no es de Medusa, la es en gran parte de mi amigo por no tener las cosas claras sobre todo después de que medio mundo le ha dicho (con testigos y grabaciones de video) en todos los idiomas que esta tipa es más polilla que la gallina que aprendió a nadar para cepillarse a todos los patos de la laguna.

Ya les informaré del cariz que toman las cosas en los próximos días. Y además de recomendarle un psiquiatra a mi amigo se aceptan todo tipo de sugerencias (descartando por supuesto cualquier medida extrema y el uso de raticidas) para acabar definitivamente con la influencia de esta nutria (me sabrán disculpar las damas que me visitan pero creo que he sido bastante educado para referirme a esta damisela).

Después todo sin mayor novedad y con algunas noticias importantes. Una de ellas, el embarazo de la chica de la tele, mi mamacha Monich. Me identifico mucho con la historia y estoy seguro que todo va a caminar muy bien tanto a nivel sentimental como al del embarazo. Ya sabes Mamacha, cuando quieras y en alguno de los sitios que haz recomendado hacemos lo del cebiche (menos en Punto Azul).

La última es un encuentro programado para el próximo viernes con la versión peruana de Dirk Diggler (encuentro público, no íntimo por si acaso) y con nuestra versión local de John Lennon. A sugerencia de este último decidimos organizar una pequeña conversa alrededor de algun platillo suculento y amenizado por la rubia espumante y un potente equipo estereofónico. Y claro esta, incluir al redivivo Tragón a fin de airearle la cabeza luego del surmenage que le provoco contestar todos los posts pendientes de el atleta Alfredo.

El Encuentro de Otani es el sitio elegido para tan magno acontecimiento. Asi que ya saben, si nos ven el viernes por la tarde haciéndole competencia a los parapentistas de la Costa Verde no es que nos hemos muerto o nos han crecido alas, simplemente acabamos de empujarnos un glorioso tacu tacu relleno de mariscos que nos ha llevado a la gloria (y en mi caso a volver a dormir en el mueble).

Me llevan de los pelos pa´Chincha familia, ya les cuento la próxima semana (con fotitos) del fin de semana y de el encuentro con las personalidades mencionadas. Buen fin de semana, descansen, relájense y hagan el amor. Es bueno contra las arrugas.


Elogio del cachivache

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Hace unos días Jessi comentaba acerca de las cosas que le cuesta desechar y que en determinadas épocas le atiborran el closet. Confesé en su blog que era un cachivachero consumado en oposición a mi estimadísima Putzteufel , devota de las razzias anuales que dejan los closets y armarios de Florian completamente vacíos de lo que no se necesita o esta en desuso. Interesante como nos vamos conociendo por este medio y la forma en que delineamos nuestras preferencias, fobias, temores y manías. Y como el conocernos más solo nos provoca mayor curiosidad por saber más acerca de nuestros blogo-amigos.

A partir de esa idea me detuve a observar con detenimiento los ambientes que ocupo en casa con mis cosas. El estudio, mis estantes, mis gavetas y el closet. Todo en su sitio, pulcramente ordenado y en aparente armonía. Digo aparente porque ese orden no es consecuencia de una sistematización sino de una simple y obsesiva manía personal que tiene su explicación en un antiguo refrán germano: Quien mantiene el orden solo es demasiado flojo para buscar. Nadie me cree cuando cuento que mi primera ocupación casera es la de pasivo policía de tránsito a las 7:00 a.m., N busca su celular y la cartera por toda la casa, el Panzón no encuentra sus zapatillas , la pequeña bruja dice que alguien le ha escondido sus lápices y yo trato de no chocarme con ellos y de evitar que atropellen a la gata.

Pero mi orden es aparente, acaso ficticio. Porque en el 3er cajón de la gaveta de documentos hay pasaportes viejos que no me llevarán a ningún lado, estados de cuenta de tarjetas de crédito anuladas, documentos que ya expiraron en validez e importancia y un file de recortes amarillentos de periódicos que en realidad no sirven (como se decía antes) “ni para envolver pescado”. Todo ordenadito, listo para volver a ser utilizados en el improbable caso que alguien los necesitase.

Y si seguimos pasando revista hay periódicos y magazines de fútbol que describen la tarde gloriosa de cracks que ya dejaron de jugar o murieron hace años, una foto original y deteriorada del equipo aliancista del 87, poster´s juveniles de arqueros y músicos famosos, el recibo de los dólares MUC que compré en 1986 antes de mi primer viaje a Alemania y decenas de boarding passes pulcramente ordenados por fecha y compañía de aviación. Como si la meticulosidad de su orden garantizase que van a volver a ser válidos para llevarme de nuevo a lugares donde de momento no es tan urgente regresar.

No solo es el 3er cajón. Resulta que el 2do almacena cientos de tarjetas de visitas acumuladas en más de 20 años de trabajos diversos dentro y fuera del Perú. Tarjetas simples, con números de 6 cifras que deberían estar en un museo de la tipografía y no en una gaveta casera. Otras tarjetas pomposas con tres nombres y dos apellidos, con cargos gubernamentales rimbombantes como vice-ministros de carteras, sub-secretarios generales a.i., generales de tierra, mar y aire y otros puestos tan complicados como efímeros. La tarjeta más importante es la de un gringo que ni siquiera tenía teléfonos; decía el nombre de su compañía (una importante transnacional), su nombre y apellido y las siglas mágicas: CEO.

Imbuido del espíritu cuestionador que te hace a veces revisar tu vida en un minuto veo que en todos lados sobra algo. Que no tiene sentido guardar los almanaques mundiales que ya tienen más de 20 años, que las películas en VHS son reliquias inservibles y que mis libros de idiomas antiguos no le sirven ni a mis hijos. Salta una bolsa con audífonos viejos, conectores de audio y videos, un par de disc-man que supieron ser imprescindibles,dos o tres celulares obsoletos que parecen ladrillos y un walk-man que me costó un ojo de la cara y hoy vale menos que una legaña. No sé si nuestros tiempos fueron interesantes pero vaya que si han sido breves.

La siguiente parada era obligada en el closet. Todo en su sitio, parecía que en la última mudanza ya había desechado las cosas que ya no usaba mucho pero nadie mejor que uno mismo para embaucarse. Las zapatillas que ya no uso y prometí botar, los zapatos de fútbol inservibles, las camisetas de equipos que nunca más voy a usar, las ropas de baño con elásticos vencidos, 4 ó 5 calzoncillos amarillos de años nuevos pasados, un par de pijamas que parecen del Larco Herrera y algunas maletas tan viejas que tienen todavía sticker´s de Eastern , Aeroperú y Faucett. Todo sigue en su sitio. Nunca tendré éxito en detener el paso del tiempo en mí aunque parezco haberlo congelado alrededor mío.

La ultima parada de este revisionismo existencial eran un par de cajones donde almaceno fotos sin archivar,documentos de estudio y cartas personales. Si, antes las fotos no existían en nuestras pantallas sino en papel Kodak o Agfa. Y cuando el e-mail era una quimera de agencias secretas la gente se escribía o se enviaba faxes. Allí estaban, en dos cajas de zapatos, varios sobres repletos de fotos ,cartas, faxes y tarjetas de todo tipo. Certificados,algunos diplomas, un par de títulos (ninguno me sirve por eso ni los cuelgo) ,cartas de amor escritas a mano con diferentes destinatarias y remitentes, faxes de amor casi ilegibles y papeles que en su momento eran más importante que el acta de independencia y hoy no pasan de relleno reciclable de tacho.He prometido varias veces clasificar y depurar este precario archivo (de nada me sirve por ejemplo mi certificado de mi primer matrimonio y sus 5 copias,lo único que me sirve hoy en día es la resolución de divorcio) pero hay algo que siempre me frena para cumplir ese cometido. Como si involuntariamente me provocase un cargo de conciencia el interrumpir la vida retirada y parasitaria de todos estos cachivaches.

Algunos explican esta poca disposición a eliminar los cachivaches recurriendo al fácil expediente de la flojera. Otros argumentan que cuando uno ha sufrido algunas estrecheces en ciertos momentos de la vida es menos propenso a desechar cosas. Confieso que califico para ambos puntos de vista aunque tengo una tercera explicación que a la larga es más fuerte y valedera:me da pena botar cosas. Veo la ropa de baño vieja y recuerdo dias de sol y playa, observo una maleta rota por los 4 costados y la recuerdo flamante y llenecita de presentes atravesando a mi lado alguna sala de aeropuerto. Ni que decir de los papeles personales ,de los recuerdos o regalos inservibles que no uso para nada pero me hacen sentir el afecto de las personas que me los entregaron.

Tendré que aprender a desprenderme de los objetos que ya no tienen ninguna utilidad. Aunque eso conlleve olvidar muchas de las cosas que me hacían recordar con solo verlas de nuevo. Mejor voy empezando ,no vaya a ser que algun voluntarismo doméstico se tome la atribución de hacerlo por mí y me terminen dejando sin objetos ni recuerdos.


El otoño de mis jueves

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Todos tenemos un día preferido en la semana. Uno en el que nos sentimos mejor o estamos predispuestos a hacer lo que más nos gusta. Los que se matan trabajando prefieren el domingo pues pueden dormir hasta tarde, los party animals adoran los viernes y sábados, los futboleros también el domingo y asi sucesivamente, cada santo tiene un devoto y cada día tiene un hincha. Con la excepción hecha del lunes, claro esta, no conozco absolutamente a nadie que tenga dicho día como su preferido. Como decían nuestros abuelos “los lunes ni las gallinas ponen”.

Para mí el jueves siempre ha sido el mejor día de la semana. Es una mezcla de día productivo con toques de optimismo pues el fin de semana se acerca. Era el día de Júpiter en la mitología romana, el día en el que se terminó de crear el universo de acuerdo a algunos iluminados y el día con aguacero en el que Vallejo escribió que debía morir (y asi lo hizo) en Paris. Recuerdo que en mis épocas workaholicas los mejores contratos los cerrábamos los días jueves, no me pregunten porqué. Quizás porque los pereques, las encerronas y escapadas también se realizaban en ese día pues los viernes eran muy escandalosos y evidentes(a mí me daba igual porque era soltero) y nadie sospechaba que alguien podía estar participando de una cuchipanda un jueves a las 3 de la tarde. Ese día cambian también las carteleras de los cines, renuevan las góndolas de los supermercados y hasta el Dragón se anima a escribir sus pensamientos. Si bien alguna vez he confesado que el viernes es el día en el que uno se puede sentir mejor el jueves tiene ese “no se que”.

Ayer (jueves) recibo una llamada de mi socio para decirme que esté atento a su llamada desde Madrid “pues es muy importante que plasmes en un documento el resultado de la reunión que voy a tener. No te comprometas a nada, cancela todo por favor y solo espera mi llamada o SMS. Y no te la pases hablando, necesito que me contestes en una compadre”. En realidad no tenía mucho que hacer, algunas llamadas, varios correos y una que otra coordinación, los días pesados en nuestra ocupación son miércoles, sábados y domingos, todos los otros días te preparas para los tres antes mencionados. Una vez que revisé y envié toda la correspondencia electrónica (con la respectiva blogo-hueveadita) tenía que pensar en que podía hacer mientras esperaba la llamada. Condición sine qua non era salir de la casa, los chicos estan de vaca y encima invitan a sus amigos por lo que antes de matar a algun menor (que encima no es mío) decidí salir a la calle. Tenida casual, oficina portátil al cinto, un libro para no aburrirme durante alguna espera y a ver que sorpresa nos depara la calle el día de hoy. Eso es lo cojonudo de trabajar por tu cuenta, no solo eres dueño de tus angustias, deudas y malestares, eres propietario de algo mucho más valioso que es tu tiempo.

Salí a las 10 de la mañana y decidí irme caminando hasta el centro comercial. Son unas 6 cuadras (cuadras interminables de 200 metros en realidad) pero tenía tiempo y no estaba apurado, además, iba a aprovechar para ver las cosas en cámara lenta. Saludar a los guachimanes del condominio, comprar unos cigarros en el grifo y absolver las interrogantes futboleras de mis amigos los griferos, hacerme lustrar los zapatos leyendo hasta los obituarios de los periódicos y comprobar luego de cada sorteo lo inútil que es seguir comprando la tinka. Almorzar algo rico, visitar algun sitio simpático, comprar música o películas viejas, timbear un par de horitas, un saunazo con masajito y happy end etc.etc., tenía varias opciones para matar el día mientras esperaba la bendita llamada cuando en eso se me prende el foco y vuelvo al kiosco de periódicos para chequear la cartelera: Spider-man 3 a las 12:30 en CinePlanet Primavera.

Sin pensarlo demasiado ya estaba haciendo mi cola (si, no soy el único huevero en Lima que no tiene nada que hacer un jueves al mediodía) en el cine junto a una veintena de personas en donde además de algunos colegiales vacacionantes y vaqueros había una gran mayoría de personas que deseaban pasar desapercibidas. Dos o tres visitadores médicos que se apresuraban en poner su teléfono en modo silencioso, un repartidor de correspondencia con una gorra para que no lo identifiquen “in-hueveanti” y varias personas más con pinta de vendedores y oficinistas que de seguro eran fans de Peter Parker. Lo más gracioso era la distribución de los espectadores, no éramos más de 50 pero todos se habían repartido como para estar separados por lo menos 10 metros entre sí. Nadie quería verse invadido en su privacidad y todos se miraban de alguna manera u otra recelosamente, parecía que nos aprestábamos a ver una porno en un cine de barrio y no al inofensivo Spider-man. No me di por aludido y compré mi canchita con coca cola, vago y conchudo encima.

Mi reseña de la película la pueden ver aquí. Cuando esta terminó el teléfono seguía sin recibir la tan esperada llamada. Chapé un taxi y sin preguntar cuanto le dije que me lleve a la Herradura. Eran las 3 de la tarde y ya era hora de almorzar por lo que decidí visitar el Suizo. Un lugar que se resiste a morir y que es testigo de excepción de los apachurrantes años 50 y de la bohemia y vitalidad que hicieron de La Herradura una playa espléndida durante muchos años. Hoy la playa es un desastre, el famoso tubo ha desaparecido por culpa de un alcalde cretino pero el restaurante sigue preparando las mejores conchitas a la parmesana y un arroz con mariscos muy recomendable, todo servido en mesas de madera con mantelitos de cuadros y en una terraza muy fresca durante esta época del año.

Gracias a la amabilidad de la dueña y de los mozos me pude quedar casi hasta las 6 de la tarde en la terraza. Ya casi me había olvidado de la llamada y me había quedado recordando otras épocas más felices en donde esta playa tenía vida. En uno de los bares colindantes el gran poeta Luis Hernandez escribía sus cuadernos y ganaba campeonatos de planchas, en una de estas mesas nuestro vapuleado Alfredo Bryce ha pasado tardes interminables y rociadísimas interrumpidas solo por el anuncio de “Coca Cola da la hora…” y en esta playa he estado de chico admirando en días de sol el mar turquesa y el desaparecido e inmenso tubo blanco que reventaba con elegancia a pesar de su braveza. También hemos venido de noche luego de alguna fiesta juvenil en el Regatas y nos hemos intoxicado de cerveza y juramentos adolescentes en bares acogedores que no disparaban technocumbia en parlantes chillones sino música del recuerdo o salsa brava desde unas entrañables rockolas Wurlitzer. Mientras saboreaba la segunda cerveza y quemaba algunos puchos pensaba en la verdadera esencia del paso del tiempo en nuestras vidas; no somos más viejos por la cantidad de años que vamos acumulando sino por el numero de personas, vivencias y recuerdos que vamos perdiendo o abandonando. Ya no hay rockolas, planchas, juramentos, tubos ni escritores en las terrazas, tan solo algunos tíos nostálgicos como el que esto escribe.

Tampoco hay pereques, pachangas ni cuchipandas los jueves. Estos son más bien tranquilos, con bastantes horas libres que en este caso se han consagrado a la evocación. Es malo recordar o ponerse nostálgico? Para nada, me respondo yo mismo mientras me despido agradecido y busco un taxi pues ya se esta poniendo oscuro. (5000 puntos en el viejómetro; antes solo salías cuando estaba oscuro y ahora te guardas apenas se pone oscuro).

Ya en la ruta de regreso a la casa recibo un SMS, la noticia tan esperada:”Compadre, disculpa, acabamos de regresar de cenar y recién mañana cerramos todo, ya te aviso”. Respiro aliviado pues no tengo ánimos de escribir ni hacer nada. La casa esta en orden, los chicos ya se van a ir a dormir y N me pregunta como siempre:”Y que tal tu día?”.

Con el olor del mar que no me ha dejado aún respondo de la manera más tranquila:

-Creo que bien, los jueves siempre son de puta madre.


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