El Urbanito

Crónicas de lo que sucede alrededor nuestro y eventualmente de lo que sucede en mi interior.




Petitorio público de un agnóstico

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In order to be realist you must believe in miracles.

David Ben Gurion

Quienes me conocen un poco saben que soy un anticlerical convicto y confeso. Como siempre lo converso con el único amigo cura que tengo, creo en el mensaje cristiano más no en la gran mayoría de sus mensajeros. Me gusta visitar las iglesias, contemplar extasiado el arte sacro sentándome a pensar en medio de un ambiente místico y especial pero cuando escucho a nuestro Cardenal pontificar sobre salud reproductiva, derechos humanos, divorcios y políticas de salud pública me identifico más con la secta de Ezequiel Ataucusi que con el credo apostólico y romano. Felizmente, el susodicho nunca será Papa pues ya es Yuca.

Aquellas contadas personas que me conocen muy bien (4 ó 5 personas que han tenido la valentía de soportarme durante muchos años) saben además que una de las características más saltantes de mi personalidad es la contradicción. Detesto las concentraciones de gente y sin embargo me siento muy bien en los estadios. Un día puedo gastarme más de 100 dólares en un almuerzo y al otro día me puedo estar comiendo una cangreburger tranca-q en un antro infame de La Victoria. Abrazo cariñosamente y me como a besos a mis hijos todas las mañanas y las noches y sin embargo los puedo corretear en algun momento del día con un spray de Baygón. Y a pesar de la cara de torturador de la Gestapo que suelo poner en determinadas circunstancias soy –como lo confesé hace poco – un shorón impenitente. Hago todo este preámbulo pues la fresa del pastel de esta mazamorra humana de paradojas es…que soy devoto de un santo milagroso.

Juaaaaaaaaaattttttttt???????? Pues si, leyeron bien. Hace varios años me provocó ir al centro en busca de un restaurante de grato recuerdo durante mi infancia. El “Raimondi”, ubicado al costado izquierdo de la Iglesia de La Merced era un sitio donde había comido uno de los mejores asados con puré de papas y arroz con choclo de mi vida y quería rememorar esa increíble sensación. Cuando llegué no había restaurante, ni asado con puré ni nueva sensación, la vida se encargaba nuevamente de demostrarme que todo es efímero y que vivir de recuerdos no es siempre placentero.

Decidí entonces visitar la Iglesia de la Merced que se encontraba abierta al público y me sorprendió sobre la mano derecha una aglomeración de gente en torno a una cruz repujada con laminas de plata y centenares de placas de agradecimiento colocadas desordenadamente alrededor. Todos estos recordatorios hacían mención a un milagro, gracia o favor recibido del padre Pedro Urraca (1583-1657) sacerdote mercedario nacido en España y que luego de un largo peregrinaje por América recaló en Perú donde terminó sus días y se encuentra enterrado. Que era tan milagroso en este padre Urraca? Era tan milagroso como decían o era un caso más de superchería popular? Decidí averiguar un poco más y recibí un cúmulo de informaciones de toda laya. Para empezar, es un santo en trámite pues en 1981 Juan Pablo II reconoció su “heroicidad de virtudes” lo cual lo pone en la antesala directa del proceso de canonización. Sus milagros se cuentan por doquier desde las épocas de la colonia y no solo han sido realizados en el Perú sino también en Ecuador. Se dice por ejemplo que una vez en el valle del Chota (Ecuador) llegó a una hacienda en donde el capataz estaba torturando inhumanamente a los indígenas del lugar. El Padre Urraca le recriminó su actitud al capataz y le dijo que si no cesaba la tortura Dios lo iba a castigar quitándole la vida. El infeliz se zurró en la advertencia y antes de haber pasado una hora comenzó a sufrir unos espasmos incontrolables y a los minutos murió retorciéndose en el piso como una cucaracha. No les impresiona? Bueno, deberían echarle un ojito a la lista de milagros de 1er, 2do y 3er orden (asi se clasifican) que el buen Padre ya tiene en su haber. Gangrenas curadas, recuperaciones milagrosas, desahuciados que han vuelto a la vida milagrosamente, causas imposibles que fueron ganadas, el padre debe ser gracias a su ubicua capacidad de arreglar casi todo uno de los religiosos más mencionados compitiendo palmo a palmo con San Martin de Porras y Santa Rosa de Lima. Obviamente nadie le puede hacer competencia al Señor de los Milagros, fenómeno de masas que trasciende cualquier explicación racional y lógica.

Recuerdo que casi finalizando la visita me acerqué a una señora que contemplaba la cruz con mucha tranquilidad y musitando lo que parecían ser unas oraciones y petitorios. Le pregunté acerca de la devoción por el Padre Urraca y me respondió con una sonrisa que ella venía a agradecerle todos los días la curación de su hijo de un cáncer maligno. Al notar mi escepticismo mal disimulado me dijo en tono casi confidente:”Seguro que ha pedido algo para Ud. y esto no funciona así. Tiene que pedir algo para un ser querido o un amigo”. Le agradecí con sorpresa el tip y me fui sin pedir ni creer en nada. Nada más doloroso para un agnóstico racional el verificar que pueden haber indicios que le confirman a uno la verosimilitud de lo intangible.

Los fenómenos para-normales siempre me han parecido dignos de ser evaluados con seriedad y sin disfuerzos, sea que vengan estos del lado religioso o de la orilla pagana. No sé que hay más allá pero me queda claro que hay una dimensión que escapa al análisis racional y lógico y con eso mejor no meterse. Bajo esa premisa he llevado buena parte de mi vida y pensar así me llevó a aceptar que también puedo ser no solamente beneficiario sino amigo del Padre Urraca. Hace un par de años teníamos a uno de nuestros representados a punto de hacer una prueba en un club europeo. El chico venía de tener un año bastante malo por una lesión rebelde y quería cambiar de aires y empezar nuevamente su carrera deportiva en otro país. La cosa es que acompañado de mi socio estaban a punto de iniciar un partido de práctica en un club donde el entrenador tenía fama de ser un personaje poco amigo de los jugadores extranjeros. Sabíamos que teníamos pocas posibilidades de éxito pero teníamos que jugarnos esa carta pues el jugador aparte de la relación profesional era amigo de nosotros. Era un negocio muy pequeño para mí pero algo importantísimo para poder relanzar la carrera del jugador y cimentar nuevamente su confianza. Mi socio estaba muy nervioso y me llamó desesperado 5 minutos antes del inicio de la prueba:

  • Compadre, tienes que hacer la macumba, hace mucho frío por aquí, el entrenador no ha venido aún y la cosa no pinta bien.
  • Mira, ya sé lo que voy a hacer, estoy en Pueblo Libre y me voy volando al centro donde un Padre que dicen que es milagroso, ya vas a ver que todo va a salir bien.

Salí volando del lugar donde estaba y tenía una llanta del auto en el suelo. Y la llanta de repuesto…estaba en la reencauchadora. La cosa es que hacer todos los arreglos y dejar el auto en manos confiables me tomó media hora, chapé un taxi y llegué a la Iglesia de la Merced en 20 minutos. Ni bien estaba entrando recibí un SMS de mi socio:

  • El entrenador no viene, el equipo donde juega Gonzalo esta perdiendo 0:1 y el se ha fallado dos goles increíbles. Hasta las huevas.

Tenía 10 minutos hasta que empezase el 2do tiempo. Sentía que estaba recurriendo a lo irracional, a la falta de lógica y en parte a la superchería. Desde cuando la religión y el fútbol son aliados? Y si asi fuese, el Perú que es tan religioso no debería ser campeón mundial? Me senté en la noticia, como dice el apóstata de mi padre y empezó mi monólogo:

“Padre Urraca, ayúdelo a mi amigo, ese si va a misa todos los Domingos, es un buen chico y ya lo han hecho padecer bastante. Tu eres el bravo y puedes ayudarlo a cambiar su futuro”

No sabía que más decir y me quedé sentado pensando en mil cosas durante más de 40 minutos. Cuando me estaba quedando casi dormido pues había muy poca gente en la Iglesia me despertó el zumbido de un SMS de mi socio, no lo podía creer:

  • El entrenador llegó para el 2do tiempo, Gonzalo metió un par de golazos y fue el mejor jugador de su equipo, mañana firmamos contrato. Tu santo es la k-gada.

Nuevamente citando al apóstata de mi viejo: Dios le da pan al que no tiene dientes y barba al que no tiene quijada. Y milagros al que no tiene fe, agregué yo a partir de ese día.

Desde esa fecha no he tenido que pedir nada hasta el día de hoy. He pasado momentos difíciles pero no he querido molestar al Padre Urraca pues a el hay que buscarlo cuando nosotros ya no podemos hacer nada y nuestra capacidad de maniobra esta reducida al mínimo. Bueno Pedrito (asi nos hablamos en confianza ahora) te comento que te tienes que hacer una de campeonato. Una persona muy especial y a quien quiero mucho las esta viendo medio cuadradas hace algun tiempo. No se cumplen las metas que se ha trazado a pesar del empeño que pone y encima ha recibido el premio de una enfermedad que no se sabe si es grave o no. Yo, que he sido un pecador de polendas y no soy un dechado de virtudes ni siquiera me resfrío y la gente que hace buena letra, cumple con todos los mandamientos y se empeña en hacer las cosas bien parece que anda un poco olvidada de los favores de ustedes.

Déjate de cuatro cosas pues Pedrito y acuérdate de la persona que te estoy recomendando. Dale alas para volar en la vida y mucha salud para poder disfrutarla. Yo te aseguro que no te estoy recomendando a la persona equivocada. Te prometo dos cosas a cambio del favor que te estoy pidiendo: La primera no la puedo confesar públicamente pero entre tú y yo sabes que la voy a cumplir. Y la segunda la voy a conversar con el atentísimo Padre Angulo que es el contabilizador oficial de tus milagros en el Perú. No solamente para que anote lo que te voy a pedir – y tu vas a cumplir – en su cuaderno de ocurrencias extraordinarias sino para que el verifique el estricto cumplimiento de la segunda promesa que te estoy haciendo.

Y bueno, de yapa te vas a convertir en el santo oficial de esta peluquería, que más quieres pues Pedrito, bien que te mueres de ganas de estar en la blogósfera al lado de tanta chica linda que me visita.


Inexperiencia

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Tal parece que la vida del hombre esta regida en su totalidad por la letra I. Infancia, Inexperiencia, Inmadurez, Impetuosidad, Ilusión, Infidelidad, Impotencia y finalmente Incapacidad e Invalidez. Nadie mejor que un hombre para graficar el verdadero sentido de cada una de las palabras precitadas en distintos momentos de nuestras vidas.

Tomemos hoy a la Inexperiencia como punto de partida de nuestro relato. Era Febrero de 1982 y me encontraba a punto de iniciar el 2do año de ESEP y de cumplir 15 años. Época difícil y jodida en la vida de un ser humano que acaba de dejar de ser niño para convertirse en un adulto a medias y sin experiencia. Tienes más hormonas que neuronas y todo es motivo para curiosear, festejar y alardear sobre lo que menos sabemos: Sexo.

En esas épocas todavía andábamos a la zaga en libertades y permisiones para adolescentes. Uno va hoy en día a un Centro Comercial y se topa con manadas de chicas que no han cumplido aún los 13 años y andan en tenidas que más es lo que descubren que lo que tapan. Modales desenfadados, actitudes contestatarias y un abierto desprecio por cualquier tipo de restricción directa o indirecta; ser adolescente hoy no es un estado de experimentación sino una patente de corso. En mis épocas las cosas no funcionaban así, los permisos para fiestas eran verdaderos trámites ministeriales y el sexo era aún una suerte de ciencia arcana que solo era patrimonio de algunos esclarecidos. Digamos que a diferencia de nuestros días el rito iniciático sexual no era un asunto de collera mixta o una recatafila de avisos en periódicos de 50 centavos sino un tema estrictamente relacionado a prostitutas y burdel. En muy pocas casas se hablaba abiertamente de sexo y la nuestra no era una excepción. Educación, seguridad, drogas etc. todas las previsiones estaban tomadas para protegernos de peligros acechantes pero de “esso” no se hablaba abiertamente, solo una advertencia de mi padre para usar un preservativo en caso decidiésemos tener relaciones con alguien.

Volviendo a 1982 habían transcurrido ya la mitad de las vacaciones y nos reunimos en casa de un amigo para organizar una parrandita con motivo del cumpleaños de Rubén. La música, las invitadas, las no invitadas, previsiones contra paracaidistas y el trago que debía ser barato e inacabable. No podía ser más deliciosa e irresponsable nuestra adolescencia.

  • Oye, ya escucharon lo que contó Félix el otro día? Se fue con unos amigos al Trocadero y debutó con una charapa que lo dejó como limón de emolientero.
  • Y tu Schatz ya debutaste?
  • Nada cuñadito, pura cometa y a este paso me voy tener que afeitar la mano.

Así de monotemáticas eran nuestras conversaciones. Cualquier digresión era aprovechada de inmediato para meter el tema del debut en el ring de las 4 perillas. Éramos 8 y ninguno podía jactarse de ser un experto en el tema. Solo una visita al paraíso prohibido y lejano podría alejarnos del acné, los pelos en la mano, la masturbación excesiva y la burla de los más experimentados. Nuestra hombría no podía ser puesta nuevamente en entredicho y era solo cuestión de hacer un viajecito al Callao para solucionar el enojoso impase. Las chicas de nuestra clase no eran de las más agraciadas (las chicas guapas no estudiaban física y química) y las de otras clases no nos daban aún mucha bolilla asi que había que buscar la solución más práctica e inmediata: un burdel.

Toda nuestra experiencia se limitaba a la visión de películas porno en el Betamax de un amigo o a las esporádicas incursiones en cines de barrio para ver cintas clásicas como “Seka la erótica”, “La doble boca de Erika”,”Gargantas profundas”,”El imperio de los sentidos” o las precuelas, secuelas e innumerables continuaciones de “Emmanuelle” con aquella estrella del cine porno llamada Sylvia Krystel. . La visión de estas películas nos hacía creer que el sexo era una cuestión muy fácil y accesible, algo bastante sencillo para muchachos algo avispados como nosotros. Y a pesar que la sociedad era un poco más recatada en ese entonces ya teníamos un cóctel demasiado explosivo, hormonas, literatura que nos hablaba de burdeles y polvos alucinantes (La Casa Verde), películas porno y la presión ya mencionada de los mayores que nos querían hacer quedar como unos cojudos si seguíamos siendo “invictos”. Había que tomar entonces una decisión y todo quedó para el último viernes de Febrero. Cada uno se encargaba de juntar sus propinas a fin de pagar el pasaje, la entrada, el pago a la chica que nos iba a atender y las chelas previas para armarnos de valor.

El día convenido nos encontramos en mi casa. Estábamos los 8, todos bañados, acicalados y talqueados como si en realidad estuviésemos a punto de ir al cine que era el pretexto que habíamos puesto para la reunión.

  • Que película van a ver? preguntó curiosa mi vieja.
  • Rocky III, todos son hinchas de Sylvester Stallone.
  • A que cine van a ir?
  • Al Cine San Felipe. Y de allí nos vamos al billar un rato.

A las 6 de la tarde salimos en mancha y tomamos un micro hasta el Parque Universitario. Las bromas trataban de disimular nuestro nerviosismo y la ansiedad que literalmente nos estaba matando. Llegamos al paradero de las camionetas que hacían servicio exclusivo a los burdeles de la Av. Argentina y antes de subirnos compramos unas chatas de ron que guardamos celosamente en las medias o en la cintura, teníamos que consumirlas antes de llegar al burdel. Las risas ya eran constantes y nuestro estado de ánimo no podía ser mejor, todo hacía presagiar que nuestro éxito sería rotundo.

Cuando llegamos fuímos guiados por un vigilante que nos llevo a una caseta, nos hizo comprar unos tickets y con estos traspusimos la puerta de ingreso al interior del burdel. El corazón se nos salía a todos cuando ingresamos a ese recinto semioscuro iluminado por focos pintados y fluorescentes de colores chirriantes. Un pabellón inmenso de dos pisos e incontables cuartos alojaba a un sinnúmero de mujeres vestidas con ropa interior o batas transparentes. Decidimos esperar y siguiendo el consejo del vigilante no meternos con la primera que nos cruzáramos sino recorrer todo el pabellón y negociar con las que más nos gustasen fingiendo indiferencia y poco interés. Súbitamente Víctor decidió empezar y sin mediar mucha visita se metió a un cuarto donde una mujer de mediana edad y buen cuerpo ofrecía un polvo inolvidable. Decidimos esperarlo los 15 minutos que duraba el turno y a la salida lo acribillamos a preguntas. Ya no era el mismo Víctor, era un iniciado que le mandaba guiños a la chica que acababa de dejar en su cuarto y que caminaba con la autosuficiencia que le daba el haber dejado de pertenecer al grupo de invictos. Le pedimos que nos cuente con lujo de detalles lo ocurrido:

  • Mira cuñadito, entras y la chica lo primero que hace es cobrarte. Luego te dice que te desvistas, te indica donde dejar tu ropa y procede a revisarte con cuidado el trompo y los huevos a ver si estas quemado. Te lava con sus manos y harto jabón y luego se acomoda en su cama, se saca el calzón, se frota una crema en la chucha y te la comienza a chupar para que se te pare. Cuando ya estas bien armado te pone el jebe y te pide que te eches encima de ella y coloca el fierro dentro de la chuchita y comienza la función y te tienes que mover como loco, como en las películas pues cuñau.
  • Y que tiempo dura?
  • Hasta que te vengas, ella se da cuenta, te pide que te levantes, te dice que ha estado rico, te quita el jebe verificando que no se ha chorreado nada y te indica donde debes lavarte.
  • Eso es todo?
  • Que más quieres, llevártela a comer un pollo a la brasa?

El grupo de invictos entró en ebullición, quedamos en encontrarnos en el mismo lugar en ½ hora. Di un par de vueltas y vi a una chica en el 2do piso que parecía estar aburrida por falta de clientes. Negociamos y una vez pactada la tarifa entré a un cuarto medio sórdido con techo de calaminas, abundantes postres de calatas en las paredes y un cubo de aluminio, un jabón germicida y un rollo de papel higiénico como único mobiliario. El camastro de plaza y media con un cubrecama rojo completaba la escenografía de mi despedida del club de invictos. Me gritó con voz ronca su nombre y me preguntó cuantos años tenía. Se sorprendió cuando le dije la verdad y le aclaré que nos habían dejado entrar con carné universitario.

  • Siempre los estudiantes son los más arrechos. El día que las mujeres tiren tanto como los hombres nos quedaremos sin chamba.
  • Y porque dices eso?
  • Porque siempre preferirán hacerlo con alguien que no les cobre pues hijo.

Disimulaba mi nerviosismo preguntándole cosas, inquiriendo por su nombre, edad, procedencia y el horario de trabajo. Cuando le pregunté desde cuando trabajaba allí me bajó en una:

  • Porque eres tan curioso? Me quieres ofrecer matrimonio?
  • No, la verdad es que estoy nervioso, es mi primera vez.
  • De eso ya me di cuenta hace rato. Te doy un consejo, no preguntes mucho que alguien lo puede tomar a mal.

Seguía sus indicaciones como un perro amaestrado. Desvístete, acércate, enséñame, sígueme, ponte el jebe, había pagado para que me mangoneen como un monigote. Llegó el momento de la verdad y se echó displicentemente sobre la cama.

  • No me la tienes que chupar primero?
  • Eso te va a costar más y en realidad no lo necesitas, ahorita vas a reventar.

Introdujo lentamente el pene en su interior y traté de imitar en forma torpe los movimientos observados en las películas. Me salía del interior, a veces acometía tan fuerte que me recriminaba y me pedía más suavidad, luego me trataba de concentrar en alguna imagen que me había servido durante alguna masturbación y al volver a ver a la chica sentía que algo no estaba bien. La cosa es que se pasaron los 10 minutos que sumados a los 5 del preámbulo completaban los 15 reglamentarios. Un golpe seco que parecía que iba a tumbar la puerta me asustó. La chica reaccionó y me preguntó desganadamente:”Terminaste??”. Mi respuesta fue afirmativa con dos movimientos de cabeza aunque nunca llegué a "reventar". Me incorporé, me retiró el preservativo y me indicó que me lave con el agua del balde. Cuando me terminé de vestir ella ya estaba arreglada, maquillada y lista para pescar otro cliente. Me abrió la puerta y se despidió con cierta indiferencia de mí. Salí con las manos en los bolsillos, tratando de caminar lentamente y pensando en lo que les iba a contar a mis canchanchanes.

A la hora indicada todos estaban en el punto de reunión y fanfarroneando sobre posiciones, maromas, conejos y toda la panoplia de adjetivos que solemos usar cuando alardeamos de nuestra “increíble” performance sexual. Decidimos regresar al centro y a sugerencia del buen Iván recalamos en un bar de japonesitos llamado “Wony” donde vendían uno de los mejores lomos saltados de Lima. “Vamos a chupar carajo, ya botamos la pepa y nadie nos va a joder más” proclamaba Juan con una alegría exultante y contagiosa.

Cuando andábamos por la 3era caja de cerveza estábamos totalmente ebrios y comenzaron a aflorar las confesiones sorprendentes. A uno le pusieron “ficha RIN” porque solo duró tres minutos y juraba que era un asunto de rapidez. A otro le pusieron “Chiclayo” porque parece que se confundió de destino y así sucesivamente cada uno recibió una chapa que indicaba su mediocre performance. Cuando conté lo que me ocurrió quedé bautizado como “bola seca” pues no debía tener ni una gota de nada al interior de ambos testículos. Pasada la hilaridad del momento todos caímos en un profundo estado depresivo pues tanta preparación, expectativa y fanfarronería habían demostrado tener poca utilidad en la vida real. Éramos un desastre en la cama y mucho agua debería pasar bajo el puente antes que pudiésemos contar con veracidad acerca de una performance satisfactoria.

Las veces en las que nos hemos vuelto a reunir con los miembros de aquel octeto nos hemos reído a lo bestia de nuestra impericia y poca vergüenza. Hemos rememorado las chapas, recordado noches más placenteras bajo todo punto de vista y concluido en que el mundo en el que nos tocó vivir nuestra adolescencia poco tiene que ver con el que le tocará vivir a nuestros hijos. Los años y las experiencias me hicieron perder el temor que se me quedó aquella noche acerca de poder llegar a ser merecedor de la chapa que me endilgaron.

Y aunque mucho me costó entender la enorme diferencia entre el despertar sexual masculino y femenino creo que a la larga ambos géneros somos deudores de la primera experiencia que hemos tenido en la cama. La mujer lo hace por amor, el hombre por puro placer en la mayoría de los casos, eso es claro. En todo caso ambos siempre recordaremos aquella primera vez como algo especial al margen de lo complicadas y enrevesadas que hayan sido las circunstancias. Porque una vez que hemos traspuesto aquel umbral nunca veremos las cosas bajo el mismo prisma.

No sé porque pienso que Uds. guardan un mejor recuerdo que el mío de su primera vez. Será porque peor no pudo haber sido no?




Los hombres también lloran

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Y de que manera.

Existe una perversa y errónea tradición que establece que los hombres no debemos llorar. Las lágrimas – asi lo establece esta obtusa creencia- además de ser patrimonio femenino son sinónimo de debilidad y las únicas licencias permitidas para llorar a borbotones son la pérdida de un ser querido…o la derrota de nuestro equipo favorito de fútbol. Para todo lo demás siempre habrá un gesto adusto, una mirada recia o un control absoluto de las emociones “innecesarias”. Esa proverbial actitud hacia el control emocional ha generado no solamente en nuestro país sino en otros paraísos machistas generaciones de ciudadanos incapaces de expresar y transmitir sus emociones a otras personas con los consiguientes problemas psicológicos y sociológicos que se derivan de estas carencias. El objetivo de este post no es ahondar en los motivos de esta absurda postura, solo queremos dejar constancia que los ricos, los hombres y los peluqueros…también lloran.

La primera diarrea lacrimal que recuerdo no fue una tunda de mi padre (esas me hacían llorar pero de cólera) ni una decepción amorosa temprana. Fue la lectura de un tirón de un clásico de la literatura latinoamericana llamado “Mi planta de naranja lima”. Las aventuras de Zeze, la pobreza de Brasil, la ternura inmensa de Portuga y su trágica desaparición fueron un cóctel demasiado fuerte que me hizo leer y releer la novela cuando no tenía más de 8 años. Era el mundo tan jodidamente cruel como aparecía representado en el libro? En realidad, el tiempo me demostraría que tanta crueldad era poca cosa frente a las atrocidades que el fin del siglo XX nos deparó. Mis lágrimas solo fueron un adelanto más I.G.V. Tan intensas y mezcladas son las emociones que me provoca ese libro que aún dudo en dárselo al Panzón para que lo lea, ese es tan sentimental que seguro termina en la clínica deshidratado.

Cuando todavía no me había repuesto del impacto emocional del libro de Vasconcelos asistí una tarde a una función en el anfiteatro del Ministerio de Educación donde mi madre trabajaba. “El Globo Rojo”, una antigua película francesa de 1956 era la primera de dos películas para niños que se iban a exhibir aquella tarde y para los que no la han visto trata de un niño que recorre las calles del Paris de la posguerra acompañado solamente por un hermoso globo rojo. Una cinta hermosa, sin palabras, voces prestadas ni efectos especiales en las que el niño y el globo desarrollan un mundo paralelo y particular inmune a la realidad fría, racional e insensible de los adultos. Como la cinta no era hablada no se le ocurrió mejor idea a los organizadores de la proyección que poner al final de la cinta la canción “El Globo Rojo”, un pegajoso tema interpretado por un grupo argentino llamado “Los Tíos Queridos”. Ahí si empezó el huaico, toda la emoción que no quería ver desplegada pues había muchos niños y niñas más explotó literalmente al escuchar los acordes de la cancioncita de marras. …”el globo rojo era su amigo, a todas partes iba con él…”. Y pequeño Schatz shoró y shoró y shoró y shoró.

Mi padre nunca me dijo que los hombres no lloran. Quizá porque desconocía el sentido de esa palabra pues una sola vez lo he visto llorar en su vida, cuando murió su madre. Y no podemos decir que era un macho de película mexicana, simple y llanamente a el se olvidaron de enseñarle el significado de la alegría y la tristeza. La primera la enseñaba a cuentagotas y contra la otra tenía un seguro blindado. Mi madre, aquella inflexible profesora que jalaba manadas de desorientados adolescentes en la U de Lima era la shorona y por allí quedo asegurada mi ubérrima vena afectiva.

Conocedor a temprana edad de mi precaria estructura afectiva tome precauciones para que estos desajustes no me volviesen a pescar in fraganti. Leía mucho a partir de los 8 años y trataba de hacerlo a solas, en mi cuarto o en lugares apartados donde nadie me podía interrumpir u observar. También comencé a desarrollar mi curiosidad por el cine y cuando inicié la secundaria me metí en el club de cine del colegio. Me zampé por mi tamaño en realidad pues el requisito mínimo era 3ero de media y siempre conseguían buenas películas que se exhibían por las tardes. Una tarde me pasaron la voz que había una película imperdible que no podía dejar de ver y asistí a la película más triste que he visto en mi vida. “Ladrón de Bicicletas”, de Vittorio de Sica. Una historia de amor filial en una sociedad destruida y en crisis. Como era predecible (y encima estaba resfriado) produje navegables cantidades de moko sentimental, aquel que sube, baja, vuelve a subir y no se quiere ir. Si alguna vez tienen algun tipo de pelea con su padre consíganse esta película y véanla con detenimiento pues les aseguro que al terminarla correrán a abrazarlo entre lágrimas y propósitos de enmienda.

Fui creciendo y aprendí que uno debía hacerse fuerte porque este mundo no estaba hecho para los débiles de espíritu. Y claro que me hice fuerte a patadas – o al menos así lo creí- pero ante la película, libro o estímulo indicado me convertía en un rochabus lacrimoso. No lloraba cuando me trompeaba, tampoco cuando era choteado sin anestesia por algun amor imposible. Tampoco lloré a algunos amigos que desaparecieron tempranamente pues los quería recordar como a ellos les hubiese gustado que lo hagan, con risas y sin llantos. Si lloré amargamente junto a mi hermano Juan cuando llevamos a nuestra primera perrita a ser sacrificada pues ya estaba muy enferma. No existía pues un patrón o Standard que estableciese los requisitos mínimos que se requerían para activar las lacrimales.

Shoré a mares leyendo “El Caballero Carmelo”, aquel magnífico cuento de Valdelomar. Ni que decir de la muerte de Chanquete en “Verano Azul”, aquella extraordinaria serie de televisión española que a inicios de los 80 recreaba la vida de un grupo de niños y adolescentes en la Costa del Sol española. “Del barco de Chanquete, no nos moverán” fue nuestro grito de guerra en más de una oportunidad. Lloré amargamente cuando mataron a John Lennon y por supuesto cuando se cayó el avión del Alianza, donde además de jugar mis ídolos perdí a dos amigos muy queridos. Y mis últimas grandes lágrimas cinematográficas fueron – y se repiten en cada nueva vuelta- para “Cinema Paradiso”. La historia de Totó y Alfredo no ha podido ser derrotada por “Il Postino” ni por “The Bridges of Madison County”. Estas dos últimas solo humedecieron pupilas, la historia de Tornatore me hizo rescatar al pañuelo del olvido.


Como verán, hay más de 10 cosas que me han hecho – o me pueden hacer- shorar. Y no siempre hay que encontrar las causas en las ficciones artísticas. Huérfanos perdidos en la sierra de Ayacucho, hospitales de niños con radiación en Ucrania o algun viejo enfermo y triste que ha sido abandonado por su familia. Hacerlo no es claudicar ni experimentar debilidad. Es demostrar que nuestros sentimientos siguen preponderando en el gobierno de nuestras acciones sobre nuestra racionalidad y que por ende somos humanos sensibles y no remedos baratos de algun cyborg de novela. Me he quebrado una sola vez, eso si es jodido. Cuando hablo de quebrarse me refiero a una situación irreversible en donde lloras algo que haz perdido irremediablemente y que esta asociado indefectiblemente a la sensación de fracaso personal. Un día antes de separarme mi ex – esposa no pensaba que iba a tener la suficiente decisión para irme de la casa. Preparo una cena especial y descorchó un par de buenas botellas de vino. Yo no quería caer en sentimentalismos de última hora y llevé la fiesta en orden, inclusive cuando puso música demasiado triste mantuve la compostura y no me quebré, no quería que la pena alterase mi decisión y aguanté a pie firme. Y créanme que es jodido hacerlo mientras Mercedes Sosa suena a todo volumen cantando “Los Mareados”, tu casi ex – mujer esta hermosa, tristísima y sentada con la mirada perdida en un sofá y tu tienes además de botella y media de vino en el interior una mezcla de pena, frustración , cólera y deseos que la pesadilla se acabe lo más pronto posible. A la mañana siguiente empaqué mis discos, mi ropa y mis libros en mi auto y en el de mi hermano y me fui para no regresar jamás. A 5 minutos de la casa había un grifo, paramos, me pedí dos cervezas heladas y lloré amargamente, completamente desencajado, con unas arcadas roncas que brotaban de mi garganta y me hicieron aprender la diferencia entre llorar por sensibilidad hacia alguna manifestación artística y quebrarte cuando la pérdida es irreversible.

Casi a punto de empezar la etapa en la que dejas de “tener toda la vida por delante” y empiezas a vivir el resto de tu vida creo que el pellejo se me ha endurecido un poco. Sigo experimentando anhelos y emociones cada día pero mis anhelos son de estabilidad y bienestar. Y como no, de economizar penas en donde y hasta cuando sea posible. Evoco los llantos ficcionales con alegría y cuando pienso en los vivenciales los recuerdo pero con tranquilidad.Espero no tener que derramar lágrimas por mis hijos o por mi esposa, salvo que sean de absoluta y genuina alegría. Tampoco espero hacerlo por mis hermanos y ante la inevitable partida de mis padres solo aguardo haberles dicho y expresado muchas cosas que a veces la cotidianeidad nos hace olvidar a fin de poderlos recordar sin dolores ni tristezas.

Porque no hay nada más liberador - y paradójico- que evocar a la tristeza sin derramar una lágrima.





Historias Peloteras(I)

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Hong Kong Suite

Si hay alguien que sabe todo sobre la pelota y con quien uno nunca debe pelearse es el Mitrón. En esa inmensa testa guarda información privilegiada sobre partidos, jugadores, equipos, ciudades, mundiales y cuanta competencia futbolística local e internacional se ha desarrollado en los últimos 40 años donde el participó directa o indirectamente. Amigo de futbolistas, presidentes, actores y otros personajes de fuste siempre ha gozado del extraño don de la ubicuidad para poder estar presente en donde pasa algo interesante. “El mundo es mi barrio”, ha proclamado siempre cuando tiene más de una botella de whisky ingerida y apenas esto sucede todos se arremolinan a escuchar en forma silenciosa alguna de sus increíbles anécdotas acontecida en algun lugar del mundo. Nunca se repite, siempre saca un conejo nuevo de la galera dejándonos boquiabiertos y con ganas de escuchar más.

Una noche estábamos en la terraza de su casa de playa y el no tenía ganas de tomar mucho, sí de conversar y recordar tiempos mejores. Con la mirada extraviada en algun punto del mar reflexionaba calmadamente sobre las cosas increíbles que veía en el fútbol moderno. Las obscenas sumas de dinero que hoy se ponen encima de la mesa , el olvido al que son sometidos las estrellas de ayer y la falta de lealtad de muchos de sus ex – compañeros que le habían dado la espalda en determinadas circunstancias. Su registro también sabe de afectos, rencores, traiciones y viejas rencillas.

- Imagínate, decirme a mí que no tengo ética. Se llenan la boca de palabrejas y olvidan que yo los conozco como si los hubiese parido. Como se atreve a criticarme en público ese huevoncito de Roberto si a mi me consta que es un tremendo rosquete.

Las tres personas que estábamos en la terraza dirigimos nuestras miradas al Mitrón. El sabía del efecto hipnótico que sus palabras causaban en todos nosotros. Acomodándose los anteojos y sorbiendo un largo trago de whisky empezó con su historia.

- Recuerdo mucho esa gira hace más de 30 años. Era la primera vez que un equipo peruano iba al Asia y fuímos recibidos con mucho cariño y deferencia. El organizador de la gira era un chino millonario que tenía más plata que Atahualpa y nos atendía a cuerpo de rey. Yo me hice su amigo pues era el único que hablaba inglés y durante las dos noches previas al partido me invitaba a mí, al zambo Gonzalez y a Roberto a recorrer la ciudad en su limosina. Una ciudad fascinante Hong Kong, llena de tiendas, restaurantes lujosos y unos night clubs extraordinarios. Cuando eres joven y famoso piensas que el carnaval es perpetuo y que la vida te va a tratar así siempre.

Interrumpió su historia para beber un trago más y comprobar nuestra atención. Gesto típico que indicaba que lo mejor estaba por venir.

- La noche del partido todo nos salió a pedir de boca. El juego fue un éxito deportivo y económico y al regresar al hotel se armó un pequeño festejo en el lobby. En medio de la batahola de gente divisé al chino que me hacía señas para que me acerque. Ataviado con un smoking impecable disfrutaba de su noche de triunfo con una copa de champagne y un puro en la boca. Cuando pensábamos que nos iba a proponer dar una vuelta por la ciudad nos sorprendió invitándonos a tomar un trago a los tres a su suite ubicada en el último piso del hotel. Una impresionante habitación tapizada con espejos y desde la cual se observaba una hermosa vista de la bahía iluminada. Una champagnera lista con una botella abierta, una fuente de copas y varias bandejas de canapés habían sido dispuestas con prolijidad en la terraza. Con el zambo nos frotábamos las manos adivinando en que momento aparecerían las hembras mientras Roberto inspeccionaba asombrado la suite. El chino nos sirvió una ronda de champagne y luego se excusó por unos minutos para retirarse a su habitación. Cuando estábamos tomando la segunda copa sentí un leve mareo y le pregunté al zambo si no se sentía algo raro.”Se me ha parado como un poste” replicó sorprendido. Asentí de inmediato y reparé que yo también tenía una tremenda erección. Volteamos a ver a Roberto y vimos como se frotaba el pubis con una ligera incomodidad. Que se nos pare a los tres en simultáneo era algo demasiado sospechoso, era evidente que nos habían echado algo en la botella.
Escuchamos la cerradura de la puerta del chino y lo vimos salir en una vaporosa bata de seda maquillado de una forma extraña. Le pregunté al chino por las chicas y me respondió escuetamente “No ladies, today it´s a boy´s party”.
Nos miramos con el zambo y Roberto y busqué nerviosamente un pretexto para salir unos minutos de la suite. No esperábamos que en la puerta este ultimo nos dijese “yo me quedo a tomar un trago más, no quiero ser descortés”. Salimos disparados con el zambo y nos fuimos directo al lobby donde seguía la fiesta. Roberto nunca bajó y a la mañana siguiente no cruzó mirada con nosotros, tampoco nos dirigió una sola palabra durante el vuelo de regreso. Algo muy raro pasó esa noche.

Todos nos miramos sorprendidos. El mitrón, imperturbable, saboreaba su whisky y su pírrica victoria. Nos habíamos quedado completamente inermes, sin palabras ni ídolo de infancia. Más tarde, recuperados de la impresión, comentamos que más vale ser cerdo en casa de Herodes que enemigo en el corazón del Mitrón.


Olvidados e imposibles

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Solo para darle la contra a algún(a) despistado(a) que seguro pensaba que tenía una foto completa de mis hermanos (a.k.a. Chiclayo Bulls) alguna foto de estudio de los perversos polimorfos, una calenturienta foto de alguno de mis actrices favoritas o las imágenes sudorosas de algún pelotero famoso o amigo es que contesto a este meme. Para tumba fiestas, nadie me gana.

En realidad roto las imágenes de la PC cada 3 o 4 meses pero digamos que las imágenes que siempre forman parte del conjunto estable y que retornan casi de inmediato cuando me aburro de alguna novedad o foto de momento son dos. La primera se titula “Nighthawks” y pertenece a un insigne pintor norteamericano llamado Edward Hopper que retrató como pocos al siglo XX en Norteamérica. Que puede tener de extraordinaria una imagen de bar?, se preguntarán con justa razón algunos. Como pocas, esta imagen guarda una plurisignificancia muy especial. Una poderosa luz interior que contrasta no solo con la penumbra de la calle sino también con el espíritu de los ocupantes del bar. El ambiente cerrado sin puertas ni ventanas abiertas y una condición colectiva de soledad en el grupo que nos deja la sensación de poder reemplazar en algun momento de nuestras vidas a cada uno de los retratados por Hopper.


Me identifico con el tipo que esta solo. Muchas veces he estado sentado durante algún viaje en alguna barra de hotel o en un bar olvidado haciendo planes, recuentos, balances e inútiles ejercicios de memoria. Y he terminado generalmente absorto en la atmósfera del lugar que me albergaba preso de un memento indescriptible que solo me dejaba pensar en mi condición momentánea y en mi trago. En algun momento de nuestras vidas todos somos halcones de alguna noche.

Es muy probable que algunos hayan visto una hipercomercializada variación de la pintura de Hopper titulada “Boulevard of broken dreams”. En esta ultima el dependiente es reemplazado por Elvis Presley,el solitario es James Dean y la pareja es reemplazada por Marilyn Monroe y Humprey Bogart.

La segunda imagen favorita esta precisamente relacionada al buen Boggie. Cuando todos los muchachos de mi edad querían ser Meteoro, el Capitán América, John Travolta, el émulo de algun futbolista famoso o un profesional de postín yo solo aspiraba a llevar una vida como la de los personajes de Humprey Bogart , héroe por antonomasia del cine negro quien además de ser dueño de una voz irreemplazable en el cine siempre será recordado por su performance como el detective Sam Spade en “El Halcón Maltes” o como Rick Blaine en la archiconocida “Casablanca”. Ambos, sujetos con una coraza de hierro exterior que los hace en apariencia insensibles pero que llevan en el interior una compleja y cínica mezcla de emociones disimuladas que los terminan llevando a hacer lo correcto cuando todo parece estar irremediablemente perdido.


Nadie como Boggie para despreciar una suculenta recompensa, luchar contra un enemigo más poderoso o fijarse en una mujer lejana e inalcanzable a quien llegará a convertir en el amor de su vida y a quien terminará siempre renunciando o perdiendo. Que grande eres maestro.


Menage a trois

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Alguna vez te conté que escribo de todo. Cuando lo hago opino sobre el clima, celebro la comida , cuento mis experiencias en algunas ciudades que me han tocado visitar, divago sobre el mundo femenino del que me creo profundo conocedor, comento las películas que admiro y que nunca podré llegar a filmar y termino metiendo mi cuchara en temas de actualidad tan vigentes como absurdos. Un opinólogo recibido con honores en la poca exigente realidad virtual.

Les escribo a todos también. Converso con muchas personas a quienes jamás he visto en persona y probablemente nunca conoceré más que a traves de una pantalla. Les hablo sobre sus vidas dándoles opiniones y consejos que en realidad no han pedido y recibiendo agradecimientos por palabras que a la larga no deben haber tenido mayor utilidad. He conocido gente de todo tipo, algunos normales, otros más interesantes, sujetos y chicas algo trastornadas y en proporción menor gente maravillosa. Al cabo de casi un año el registro de voces que sigo y me siguen es bastante variado y armonioso. Somos como una familia algo disfuncional que tiene que juntarse cada cierto tiempo para contarse sus alegrías y miserias. Y en donde el anfitrión de turno desempeña el rol de un escriba semiclandestino que invade mundos ajenos y enseña el propio con ciertas reservas; hay ciertos actos inconfesables que es mejor dejar ocultos en algún discreto armario.

Cuando te he contado que escribo en un espacio virtual haz movido la cabeza escépticamente pues lo ves como uno más de mis pasatiempos que no nos va a dar dinero. No te interesas mayormente por lo que escribo y para ti cada hora de esta febril actividad nocturna – y a veces diurna- es una hora menos de sueño o un tiempo robado a la convivencia de alcoba. No te culpo por pensar así pues ninguno de mis artículos ha sido considerado relevante como para poder ser publicado en algún medio escrito. El gran hermano que de acuerdo a la leyenda urbana husmea los pasadizos virtuales donde miles de escribas amateurs cuelgan sus afiebradas creaciones todavía no hace una pascana en mis predios y aunque casi todos dudan de su existencia siempre albergamos la secreta esperanza de recibir su visita en algún momento. El Santa Claus de la infancia en el que todos creen es el editor improbable que todos esperan.

Creo adivinar el porque de tu indiferencia. No se trata de la proverbial aversión que las mujeres le tienen a todo lo que nos quite tiempo que podría ser dedicado a la familia. Es algo más simple y harto comprensible relacionado a lo que te he quitado para compartirlo con otras personas. Cuando nos conocimos no escribía para nadie. A veces divagaba en hojas sueltas sobre problemas existenciales y luego terminaba botando los papeles pues como me decía un viejo profesor “no servían ni para envolver pescado”. Redactaba documentos, traducía textos y transitaba mecánica y utilitariamente entre verbos, palabras y formalismos aburridos que solo complacían a emisores y destinatarios. A medida que te ibas convirtiendo en alguien importante para mí descubrí que te podía acercar a mi vida escribiéndote mis cuitas y plasmando en un papel las cosas que no me atrevía a decirte cara a cara. Cuando estaba a punto de asestar mi ataque final de conquista para pasar del verbo a la carne tuve que viajar muy lejos y la única forma de seguir en contacto contigo era relatándote las crónicas del lejano lugar adonde me encontraba. Escribía sin parar, mezclando cotidianeidad y nostalgia en cartas que mantenían vigente un vínculo que sin estar consumado ya tenia visos de realidad. Creo que te terminaste enamorando del que te escribía tanto pues pensabas que solo un sentimiento fuerte podía motivar tanta inspiración propia y prestada en alguien a quien ni siquiera habías besado.

Finalmente regresé, nos encontramos, iniciamos nuestra vida juntos y de eso ya han pasado 11 largos años. Y en todo ese tiempo nunca te he vuelto a escribir nada, ni siquiera una tarjeta de cumpleaños. Curiosamente solo te escribo cuando me voy de viaje y a pesar de hablar casi a diario siempre reclamas silentemente que te escriba algo, como si la lejanía activase de súbito el estado de gracia en el que iniciamos nuestra relación.

Pienso que los tres vamos a poder convivir armoniosamente. Si antes te escribía desde mi esperanza anhelando poder llegar a estar algún día cerca de ti hoy tendré que buscar en nuestra cotidianeidad el numen que me impulse a buscar nuevos sueños contigo. A ver si esta tríada de distancia, amor y escritura sirve para ganarle la batalla al tiempo.


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